Los filósofos de la naturaleza
FILOSOFIA
viernes, 21 de marzo de 2025
LOS FILOSOFOS DE LA NATURALEZA.
jueves, 20 de marzo de 2025
LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA
LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA KARL JASPERS
“La historia de la filosofía como pensar metódico tiene su origen hace 2500 años, pero como pensar mítico mucho antes. Sin embargo, comienzo no es lo mismo que origen. El comienzo es histórico y el origen es la fuente de la que mana en todo tiempo el impulso del filosofar. El origen es múltiple. Del asombro sale la pregunta y el conocimiento; de la duda acerca de lo conocido, el examen crítico y la certeza; la situación límite (conmoción del hombre), la cuestión de su propio ser. Representemos los tres motivos
Primero. Platón decía que el asombro es el origen de la Filosofía. Nuestros ojos nos” hacen partícipes del espectáculo de las estrellas, del sol de la bóveda celeste”. Este espectáculo nos ha dado el impulso de investigar el universo. De aquí brotó para nosotros la Filosofía, el mayor de los bienes deparados por los dioses a la raza de los mortales. Y Aristóteles decía: “Pues la admiración es lo que impulsa a los hombres a filosofar empezando por admirarse de lo que les sorprendía por extraño, avanzaron poco a poco y se preguntaron por las vicisitudes de la luna y del sol, de los astros y por el origen del universo.” El admirarse impulsa a conocer. En la admiración se cobra conciencia de no saber. Busco saber, pero el saber mismo, no “para satisfacer ninguna necesidad común” El filosofar es como un despertar de la vinculación a las necesidades de la vida. Este despertar tiene lugar mirando desinteresadamente a las cosas, al cielo y al mundo, preguntando qué sea todo ello y de dónde todo ello venga, preguntas cuya respuesta no serviría para nada útil, sino que resulta satisfactoria por sí sola.
Segundo. Una vez que he satisfecho mi asombro y admiración con el conocimiento de lo que existe pronto se anuncia la “duda”…… se acumulan los conocimientos, pero ante el examen crítico no hay nada cierto. Las percepciones sensibles están condicionadas por nuestros órganos sensoriales y son engañosas Nuestras formas mentales son las de nuestro humano intelecto. Se enredan en contradicciones insolubles……….Filosofando me apodero de la duda, intento hacerla radical, mas, o bien gozándome en la negación mediante ella, que ya no respeta nada, pero por su parte tampoco logra dar un paso más, o bien preguntándome dónde estará la certeza que escapa a toda duda y resista ante toda crítica honrada. La famosa frase de Descartes “pienso, luego existo”, era para él indubitablemente cierta cuando dudaba de todo lo demás, pues ni siquiera el perfecto engaño en materia de conocimiento, aquel que quizá ni percibido, puede engañarme acerca de mi existencia mientras me engaño al pensar. La duda se vuelve como duda metódica la fuente del examen crítico de todo conocimiento. De aquí que sin una duda radical, ningún verdadero filosofar. Pero lo decisivo es cómo y dónde se conquista a través de la duda misma el terreno de la certeza.
Y tercero. Entregado al conocimiento de los objetos del mundo, practicando la duda como la vía de la certeza, vivo entre y para las cosas, sin pensar en mí, en mis fines, mi dicha y mi salvación. Más bien estoy olvidado de mí y satisfecho de alcanzar semejantes conocimientos. La cosa se vuelve otra cuando me doy cuenta de mí mismo en mi situación. El estoico Epiciclo decía: “el origen de la filosofía es el percatarse de la propia debilidad e impotencia”………. Cerciorémosnos de nuestra humana situación. Estamos siempre en situaciones. Las situaciones cambian……si estas no se aprovechan, no vuelven más. Puedo trabajar por hacer que cambie la situación. Pero hay situaciones por su esencia permanentes, aun cuando se altere su apariencia momentáneamente y se cubra de un velo su poder sobrecogedor: no puedo menos de morir, ni de padecer, ni de luchar, estoy sometido al destino, me hundo inevitablemente en la culpa. Estas situaciones fundamentales de nuestra existencia las llamamos situaciones límite. Quiere decir que son situaciones de las que no podemos salir y que no podemos alterar. La conciencia de esas situaciones límite es después del asombro y de la duda el origen, más profundo aún de la Filosofía. En la vida corriente huimos frecuentemente ante ellas cerrando los ojos y haciendo como si no existieran. Olvidamos que tenemos que morir, olvidamos nuestro ser culpables y nuestro estar entregados al destino……”
Selección de “La Filosofía” de K. Jaspers, Fondo de Cultura Económica, Bs.As. 1978.
COMENTARIO:
Jaspers nos dice que origen y comienzo de la filosofía son dos cosas distintas. Por comienzo entiende a un momento histórico, cronológico, temporal y es justamente este al que se hizo mención anteriormente: siglo VII a.C. Por otro lado, el origen es múltiple y tiene que ver con aquella fuerza o voluntad que emana del ser humano (independientemente del contexto socio cultural en el que se halle inserto) que lo lleva a preguntarse por la realidad que lo rodea. Estos orígenes lo llenan de preguntas. Jaspers distingue tres orígenes:
1) El asombro: la realidad no pasa desapercibida por el sujeto. Esta le llama la atención y lo moviliza a preguntarse el cómo o los por qué de lo que acontece. Esta fascinación necesita ser calmada con algún tipo de respuesta. Ya veremos que esta respuesta puede ser dada de formas muy diversas.
2) La duda: luego de haber conseguido alguna respuesta a partir del asombro, el hombre sigue cuestionándose y duda de ella. Se cuestiona si la esa respuesta será correcta, si habrá otra forma de entender los fenómenos que acontecen. Gracias a esta actitud crítica vemos como a lo largo de la historia las ideas van desarrollándose y cambiando.
3) Las situaciones límites: son aquellas que el ser humano no puede manejar, que están fuera de su alcance, lo superan (por ejemplo la muerte o el sentimiento de culpa). Estas situaciones nos llevan a reflexionar sobre el sentido de la vida, las forma de comportarnos, etc.
ACTIVIDAD
1) Lee con atención.
2) Presenta las diferencias entre origen y comienzo de la Filosofía.
3) ¿Cuáles son los motivos que impulsan al hombre a filosofar y que consecuencias acarrea?
4) ¿Consideras qué el hombre moderno cada vez se asombra menos? Fundamenta.
5) ¿Los seres humanos se enfrentan a situaciones límites? Podrías citar algún ejemplo de ese tipo de situación.
6) ¿Qué hace la mayoría de las personas antes ellas?
miércoles, 19 de marzo de 2025
FUNES EL MEMORIOSO. JOGE LUIS BORGES.
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones. Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro. Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio. El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn. Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche. Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo. Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra. Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles. Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
EL ARTE DE LA FILOSOFÍA.
FRAGMENTOS DE LA CLASE 1 DEL LIBRO ¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA? DE JOSE PABLO FEINMANN.
- "Cuando la filosofía se pregunta a sí misma por su condición, esa pregunta es siempre filosófica. las ciencias no se preguntan por sí misma qué es la física, qué es la química, etc. Cuando lo hacen tenemos filosofía de las ciencias. Cuando preguntamos qué es la anatomía, cuando preguntamos qué es la genética, cuando preguntamos qué es el átomo, no estamos haciendo una pregunta científica, estamos haciendo una pregunta filosófica."
- "La ciencia no piensa y esto significa que no se piensa a sí misma, sino que va hacia adelante descubriendo lo verificable, que es reproducible. Pero la pregunta del por qué y del para qué de la ciencia o de las distintas disciplinas es una pregunta que corresponde a la filosofía."
- "El sentido final de la filosofía es preguntar más que responder."
- "Entonces, ¿qué significa la pregunta? ¿Por qué preguntamos qué es la filosofía? Para indicar también que la filosofía viene a problematizar. En realidad, más que calmarnos, viene a incomodarnos, porque la filosofía viene a preguntar cosas que los animales, por ejemplo, no se preguntan. Y en este sentido el hombre es el más patético de la creación y a la vez el más conmovedor, porque es el único que muere y sabe que muere."
- "...hay cosas que son difíciles, hay cosas que llevan esfuerzo, sobre todo nuestro esfuerzo mental, porque es una disciplina caracterizada por la búsqueda de rigor conceptual."
- "' los filósofos hasta hoy se han dedicado a interpretar de una u otra manera el mundo, cuando de los qje se trata es de transformarlo'. Esta es una de las más grandes definiciones de la filosofía, le pertenece a Karl Marx. No es que Karl Marx esté despreciando la filosofía. No es que no quiera interpretar la realidad, lo que quiere añadirle a la interpretación de la realidad es su transformación. También está diciendo que la realidad no se puede transformar si no se consigue inteligirla antes, interpretarla. O sea que la filosofía consiste en interpretar la realidad y también consiste en transformarse en praxis. La praxis es filosofía devenida realidad política, transformadora de la realidad social. Entonces lo que Marx va a impulsar es esta materialidad de la filosofía. La filosofía no consiste sólo en pensar, sino que consiste en pensar para entender y transformar lo entendido, porque para Marx lo entendido va a ser esencialmente injusto."
- "...hay una relación erótica que define a la filosofía, porque desde el comienzo la filosofía habla de un determinado amor. El amor es muy importante en la filosofía. La palabra 'filosofía' significa, como todos saben, amor a la sabiduría o amor al saber. Ahora bien, esto es muy importante: amor a la sabiduría. Quiere decir que la filosofía aspira a ser un saber total, aspira a hacer de nosotros sabios, es decir, hombres que saben muchas cosas. Esa es la tarea del filósofo. (...) Por eso la filosofía, como empieza diciendo el bueno de Ferrater Mora, es el amor al saber, y no es el saber muchas cosas lo que hace de un hombre un sabio. ¿De dónde viene esto? Lo toma de Heráclito (...) 'Conviene, pues, si duda, que los hombres amantes de la sabiduría conozcan y tengan conocimiento de muchísimas cosas.' Lo que plantea Heráclito es que el filósofo tiene que saber muchas cosas, porque la filosofía es un saber total, se ocupa de todo, no hay nada que sea ajeno a la filosofía."
- "Lo que ocurre con el hombre, y por eso la filosofía existe, es que es un ser finito en medio de la infinitud. Esto es una tragedia insoportable. (...) La filosofía es una práctica que en este planeta ha instrumentado un ser que es capaz de vivir sabiendo que va a morir. Esto transforma al hombre en un ser metafísico: el hombre es el único ser que de este planeta que se pregunta por el sentido de la existencia, por el sentido del universo. Y es el único ser que muere y sabe que va a morir, hecho que se detecta sobre todo en la muerte de los otros, porque la noción epicúrea, que es muy ingeniosa pero que para mí no pasa de ser un sofisma, que postula que la muerte no existe, en un primer momento puede parecer razonable. ¿Por qué la muerte no existe? Yo nunca me voy a vivir muerto. Ahora, hay un momento terrible que es el de la agonía, en el cual uno se da cuenta que está muriendo, nunca dice 'me morí'. Cuando podría decir 'me morí', en rigor ya no lo puede decir.(...) Y aquí hemos llegado quizás a un elemento existencial disparador de la filosofía. Hay un texto de Hegel que dice: es posible que la tierra sea sólo un cascote que gira alrededor del sol. Es muy posible, pero la grandeza que tiene este cascote es que en él hay un ser metafísico que se pregunta por el sentido del universo. En este cascote hay un ser finito capaz de lanzarse a la aventura de pensar la infinitud y angustiarse porque nunca puede pensarla propiamente, porque él es finito."
- "Ahora la filosofía no para de preguntar por qué este ser finito es consiente de su muerte. Y de aquí la noción riquísima de Heidegger del hombre como ser para la muerte. ¿Por qué el hombre es un ser para la muerte? El hombre es un ser para la muerte porque es un ser posible, el hombre es un ser arrojado hacia sus posibilidades. Todos estamos animados, impulsados, proyectados estallados hacia afuera, hacia adelante, porque vivimos en función de nuestros proyectos y nuestras posibilidades. Nuestras posibilidades son infinitas, pero hay una posibilidad que habita todas nuestras posibilidades, la de morir. O sea, nosotros podemos hacer, cuando salgamos de aquí, mil cosas: en todas ellas podemos morir. Esto es lo que diferencia a la muerte como posibilidad de todas las posibilidades, o como imposibilidad de todas las posibilidades."
miércoles, 5 de febrero de 2025
¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA?
El mundo de la filosofía.
Lee el siguiente texto de Joostein Gaarder extraído de su novela El mundo de Sofía.
“¿Qué es lo más importante en la vida? […] Los filósofos opinan que el mundo necesita encontrar una respuesta a quién somos y por qué vivimos. […] La mejor manera de aproximarse a la filosofía es plantear algunas cuestiones filosóficas: ¿Cómo se creó el mundo? ¿Existe alguna voluntad o intención detrás de lo que sucede? ¿Hay otra vida después de la muerte? ¿Cómo podemos solucionar problemas de este tipo? Y, ante todo ¿cómo debemos vivir? En todas las épocas, los seres humanos se han hecho preguntas de este tipo. No se conoce ninguna cultura que no se haya preocupado por saber quiénes son los seres humanos y de dónde procede el mundo. […] La búsqueda de la verdad que emprenden los filósofos podría compararse, quizás, con una historia policíaca. […] Por filosofía entendemos una manera de pensar totalmente nueva que surgió en Grecia alrededor del año 600 antes de Cristo. Hasta entonces, habían sido las distintas religiones las que habían dado a la gente las respuestas a todas esas preguntas que se hacían. Estas explicaciones religiosas se transmitieron de generación en generación a través de los mitos. Un mito es un relato sobre dioses, un relato que pretende explicar el principio de la vida. Por todo el mundo ha surgido, en el transcurso de los milenios, una enorme flora de explicaciones míticas a las cuestiones filosóficas. Los filósofos griegos intentaron enseñar a los seres humanos que no debían fiarse de tales explicaciones. Para poder entender la manera de pensar de los primeros filósofos, necesitamos comprender lo que quiere decir tener una visión mítica del mundo. Utilizaremos como ejemplos algunas ideas de la mitología nórdica […] Seguramente habrás oído hablar de Tor y su martillo. Antes de que el cristianismo llegara a Noruega, la gente creía que Tor viajaba por el cielo en un carro tirado por dos machos cabríos. Cuando agitaba su martillo, había truenos y rayos. La palabra noruega “torden” (truenos) significa precisamente eso “ruidos de Tor”. Cuando hay rayos y truenos, también suele llover. La lluvia tenía una importancia vital para los agricultores en la época vikinga; por eso Tor fue adorado como el dios de la fertilidad. Es decir: la respuesta mítica a por qué llueve, era que Tor agitaba su martillo; y, cuando llovía, todo crecía bien en el campo. […]
Los vikingos se imaginaban que el mundo habitado era una isla constantemente amenazada por peligros externos. A esa parte del mundo la llamaban Midgard (‘el patio en el medio’), es decir, el reino situado en el medio. En Midgard se encontraba además Asgard (‘el patio de los dioses’), que era el hogar de los dioses. Fuera de Midgard estaba Utgard (‘el patio de afuera´), es decir el reino que se encontraba afuera. Aquí vivían los peligrosos trolls (los ‘gigantes’), que constantemente intentaban destruir el mundo mediante astutos trucos. A esos monstruos malvados se le suele llamar ‘fuerzas del caos’. Tanto en la religión nórdica como en la mayor parte de otras culturas, los seres humanos tenían la sensación de que había un delicado equilibrio de poder entre las fuerzas del bien y del mal. Los trolls podían destruir Midgard raptando a la diosa de la fertilidad, Freya. Si lo lograban, en los campos no crecería nada y las mujeres no darían a luz. Por eso era tan importante que los dioses buenos pudieran mantenerlos en jaque. También en este sentido Tor jugaba un papel importante. Su martillo no sólo traía la lluvia, sino que también era un arma importante en la lucha contra las fuerzas peligrosas. El martillo le daba un poder casi ilimitado. Por ejemplo, podía echarlo tras los trolls y matarlos. Y además, no tenía que tener miedo de perderlo, porque funcionaba como un bumerán y volvía a él. He aquí la explicación mítica de cómo se mantiene la naturaleza, y cómo se libra una constante lucha entre el bien y el mal. Y esas explicaciones míticas eran precisamente las que los filósofos rechazaban. […] Alrededor del año 700 a. De C., gran parte de los mitos griegos fueron plasmados por escrito por Homero y Hesíodo. Con esto se creó una nueva situación. Al tener escritos los mitos, se hizo posible discutirlos. Los primeros filósofos griegos criticaron la mitología de Homero sólo porque los dioses se parecían mucho a los seres humanos y porque eran igual de egoístas y de poco fiar que nosotros. Por primera vez se dijo que quizás los mitos no fueran más que imaginaciones humanas. Encontramos un ejemplo de esta crítica de los mitos en el filósofo Jenófanes, que nació en el 570 a. De C. ‘Los seres humanos se han creado dioses a su propia imagen’ decía. ‘Creen que los dioses han nacido y que tienen cuerpo, vestidos e idioma como nosotros. Los negros piensan que los dioses son negros y chatos, los tracios los imaginan rubios y con ojos azules. ¡Incluso si los bueyes, caballos y leones hubieran sabido pintar, habrían representado dioses con aspecto de bueyes, caballos y leones!’. Precisamente en esa época, los griegos fundaron una serie de ciudades - estados en Grecia y en las colonias griegas del sur de Italia y en Eurasia. En estos lugares los esclavos hacían todo el trabajo físico, y los ciudadanos libres podían dedicar su tiempo a la política y a la vida cultural. En estos ambientes urbanos evolucionó la manera de pensar de la gente. Un solo individuo podía, por cuenta propia plantear cuestiones sobre cómo debería organizarse la sociedad. De esta manera, el individuo también podía hacer preguntas filosóficas sin tener que recurrir a los mitos heredados. Decimos que tuvo lugar una evolución de una manera de pensar mítica a un razonamiento basado en la experiencia y la razón. El objetivo de los primeros filósofos era buscar explicaciones naturales a los procesos de la naturaleza”.
Jostein Gaarder, El mundo de Sofía. Novela sobre la historia de la filosofía, Editorial Siruela, España, 1995.pp. 13-14, 25-27, 31-32
Joostein Gaarder nació en Oslo, en 1952. Es Profesor de filosofía y de Historia de las Ideas. En su novela El mundo de Sofía, realiza desde la ficción y con las características de una novela de suspenso una historia de la filosofía para jóvenes.